27. ene., 2020

Lección 154, Día 27, -339

ME CUENTO ENTRE LOS MINISTROS DEL CREADOR.

No podemos juzgarnos a nosotros mismos, ni hace falta que lo hagamos. Eso no es sino aplazar la decisión y posponer entregarnos de lleno al ejercicio de nuestra función. Nuestro papel no es juzgar nuestra valía, ni tampoco podríamos saber cuál es el mejor papel para nosotros o qué es lo que podemos hacer dentro de un plan más amplio que no podemos captar en su totalidad. Nuestro papel se nos asigna en el Cielo, no en el infierno. Y lo que pensamos que es debilidad puede ser fortaleza, y lo que creemos que es nuestra fortaleza a menudo es arrogancia.

El Espíritu Santo escoge y acepta tu papel por ti, toda vez que ve tus puntos fuertes exactamente como son, y es igualmente consciente de dónde se puede hacer mejor uso de ellos, con qué propósito, a quién pueden ayudar y cuándo. Él no actúa sin tu consentimiento. Pero no se deja engañar con respecto a lo que eres, y escucha solamente Su Voz en ti.
Mediante esta capacidad Suya de oír una sola Voz, la Cual es la Suya Propia, es como tú por fin cobras conciencia de que en ti solo hay una Voz. Y esa sola Voz te asigna tu función, te la comunica, y te proporciona las fuerzas necesarias para poder entender lo que es, para poder llevar a cabo lo que requiere, así como para poder triunfar en todo lo que hagas que tenga que ver con ella.
Ésta es la Voz que habla de leyes que el mundo no obedece, y la que promete salvarnos de todo pecado y abolir la culpabilidad de la mente que Dios creó libre de pecado. Y así, su Ser es la única realidad en la que su voluntad y la de Dios están unidas. El mensajero no escribe el mensaje que transmite. Sólo necesita aceptarlo, llevárselo a quienes va destinado y cumplir con su cometido de entregarlo. Hay una diferencia fundamental en el papel que desempeñan los mensajeros del Cielo que los distingue de los mensajeros del mundo. Los mensajes que transmiten van dirigidos en primer lugar a ellos mismos.

Los mensajeros de Dios desempeñan su papel aceptando Sus mensajes como si fuesen para ellos mismos, y demuestran que han entendido los mensajes al transmitírselos a otros. ¿Queréis recibir los mensajes de Dios? Pues así es como os convertís en Sus mensajeros. Sois nombrados ahora. Sin embargo, os demoráis en transmitir los mensajes que habéis recibido. Y de esta forma, no os dais cuenta de que son para vosotros, y así, no los reconocéis. Nadie puede recibir, y comprender qué ha recibido, hasta que no dé. Pues sólo al dar puede aceptar que ha recibido.

Vosotros que sois ahora los mensajeros del Creador, recibid Sus mensajes. Dios no ha dejado de ofreceros lo que necesitáis, ni ello ha dejado de aceptarse. Aquel que recibió los mensajes del Creador por vosotros quisiera que vosotros también los recibierais. Pues de esta manera os identificáis con Él y reivindicáis lo que es vuestro. Esta unión es lo que nos proponemos reconocer hoy. No trataremos de mantener nuestras mentes separadas de Aquel que habla por nosotros, pues es nuestra propia voz la que oímos cuando le prestamos atención a Él.

Nuestra práctica de hoy consiste en darle a Él lo que es Su Voluntad tener, de manera que podamos reconocer los dones que nos hace. Él necesita nuestra voz para poder hablar a través de nosotros. Necesita nuestras manos para que acepten Sus mensajes y se los lleven a quienes Él nos indique. Necesita nuestros pies para que éstos nos conduzcan allí donde Su Voluntad dispone que vayamos, de forma que aquellos que esperan acongojados puedan por fin liberarse.

Aprendamos sólo esta lección el día de hoy: que no reconoceremos lo que hemos recibido hasta que no lo demos. Has oído esto cientos de veces y de cien maneras diferentes, y, sin embargo, todavía no lo crees. Mas ten por seguro esto: hasta que no lo creas, recibirás miles y miles de milagros, pero no sabrás que Dios Mismo no se ha quedado con ningún regalo que tú ya no poseas, ni le ha negado a Su Hijo la más mínima bendición.
Nuestra lección de hoy reza así:

Me cuento entre los ministros del Creador, y me siento agradecido de disponer de los medios a través de los cuales puedo llegar a reconocer que soy libre.

El mundo retrocederá a medida que iluminemos nuestras mentes y reconozcamos la veracidad de estas santas palabras.